jueves, 22 de enero de 2015

LOS CONEJOS DEL PAPA.


“Debemos tener todos los hijos que Dios nos dé” Esta frase y su contenido procreador ha formado parte del devenir católico a lo largo de los tiempos. “Los hijos son un regalo de Dios” Dios pone y quita como si la vida fuera un juego de ajedrez. “Dios me lo dio y Dios me lo quitó” Regalos y amputaciones pertenecen a una voluntad divina incompatible con la libertad humana. Enfermedad, salud, fortuna, todo depende del libre albedrío de un dios comandante en jefe que dispone la fila de beneficios y dolores, de alegrías y tristezas. A los humanos sólo nos queda el sometimiento a unos designios indescifrables por definición.

Las enseñanzas eclesiásticas se han empeñado en recalcar que los humanos tenemos sexo. Nunca han admitido que seamos sexuados o que el sexo sea tan humano como los ojos o los brazos. Y esa distancia entre el tener y el ser le lleva a maldecir todo lo referente al sexo y ensalzar a continuación el razonamiento, la lógica, la bondad y otras muchas cualidades. No han aceptado que el ejercicio sexual se lleva a cabo a través de unos órganos muy concretos pero que están integrados en la totalidad del ser. El ser humano no tiene visión. Es visión, que se ejerce a través de los ojos, pero es la totalidad del ser el vidente.

Esta separación del sexo de la totalidad humana ha hecho posible la aversión de la jerarquía católica hacia todo lo genital. Todo placer es subestimado porque al parecer dios prefiere el sufrimiento, el dolor, la muerte antes que la alegría, el gozo, la vida. Y conscientes de que el sexo incluye el más atractivo de los placeres, es digno de la mayor de las condenas. No obstante, la iglesia admite, por una vez y sin que sirva de precedente, que el sexo encarna un placer porque así provoca la procreación y en consecuencia la supervivencia de la especie. El sexo ejercido con voluntad de procrear contiene bondad destinada a perpetuarnos. El placer sobrevenido fuera de esa voluntad procreadora es perverso. La masturbación, el coito, las caricias, los besos son maldad en sí mismos y condenable el disfrute del placer que ocasionan.

Y en ese afán procreador, se diría que dios permanece vigilante durante el encuentro sexual para insuflar el alma, siendo desde ese primer instante una persona que no debe ser reducida a un mero cigoto. El uso de preservativos está prohibido porque busca el placer y le dice a dios que puede retirarse de los pies de la cama porque no se busca la gestación de un ser nuevo. Y esa prohibición es tan firme que ni siquiera el sida ha sido capaz de su autorización. El sida será considerado un mal sobrevenido por la voluntad divina y como consecuencia del egoísmo de quien practica sexo sin la finalidad impuesta por la divinidad. Y como el preservativo, todos los demás anticonceptivos.

Parece que el Papa Francisco modula esa visión estrábica y expresa con una claridad de calle que todos entendemos que el matrimonio no tiene por qué convertirse en una forma de tener hijos como conejos. Ya sabíamos que se pueden no tener más hijos que los deseados. Pero estaba claro en la deformada doctrina eclesiástica que para evitar la venida de nuevos hijos sólo es admisible un método: la abstención sexual o el cálculo de Ogino. Ahí radica la perversión de la doctrina. El sexo no es amor, ternura, fusión gozosa. El escalofrío sudoroso de la entrega es pernicioso. El amor no se alimenta de sexo ni el sexo es semilla de amor.

Surge la pregunta que se deriva de las palabras de Francisco. Admitiendo que la procreación va unida al sexo, puede considerarse el sexo como un todo humano más allá de la procreación?  Es decir, se puede tener sexo con todo los que de positivo hay en él sin mirar al horizonte de la procreación como fin único de la genitalidad?  ¿Admite el Papa lo que es conciencia libre en la sociedad, que el sexo es un valor en sí mismo?  Que es un acto de amor?  Hermosa esa denominación de hacer el amor. Que ese ser sexuado que somos tiene derecho a disfrutar de la totalidad de su ser?.

Es verdad que a una gran parte de la sociedad no le preocupa el pecado ni la condena eterna, ni el abandono de la divinidad, ni las enfermedades que son calificadas como castigo divino. La sociedad tiene asumido que el cuerpo sexuado que vive es su propia plenitud y que los órganos sexuales están situados donde están situados y nunca entre los parietales.  Entre los parietales sólo lo tienen los cuerpos jerárquicos de la iglesia y por eso no piensan  en la proclamación liberadora de Jesús.



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