domingo, 21 de septiembre de 2014

LA VIDA TIENE UN AMANTE


Iba la vida por una calle cualquiera. Hermosa a veces. Alegre a veces. Festiva a veces. Iba la vida por una calle cualquiera. Mal vestida a veces. Triste a veces. De luto a veces. Pero era siempre vida. Y tenía los que la amaban. Por egoísmo tal vez. Por miedo tal vez. Pero siempre tenía amantes. Grupos numerosos. No sabían contarlo las empresas especialistas, ni las fuerzas del orden, ni los obispos. Muchos. Eran muchos y eso se ponía delante de los ojos de quienes, al parecer, eran enemigos de la vida, y se blindaba como un argumento irrefutable. Ellos eran los amantes al parecer excluyentes de la vida. Lo decía un slogan que corría de boca en boca por las aceras de una calle cualquiera. Eran sus defensores, los que pedían dimisiones y exigían cumplimientos de programas electorales porque coincidían con sus propias concepciones. Contra el aborto y en defensa de la vida. Los que no estaban con ellos por una calle cualquiera, eran sentidos como aprovechados de la vida, pero no amantes ni mucho menos defensores.

Iban también por una calle cualquiera. Marea blanca le llamaban a todos los que exigían una sanidad que abarcara a todos, que se ocupara de todas las dolencias humanas, que atendiera sanitariamente a todos. Los enfermos no querían ser mercancía, aunque de vez en cuando un nefrópata hubiera deseado ser autopista o Cajamadrid para que alguien lo rescatara. Unos kilómetros de asfalto valen más que yo, pensaba el dependiente en silla de ruedas. Hay dinero para sacar ese asfalto de la ruina del tiempo, pero no hay dinero para que alguien me saque de esta silla y me meta en la ducha.

Por una calle cualquiera, una marea verde. Chavalería hilvanando futuro. Padres rumiando un pasado. Profesorado implicado en el mañana de la muchachada. Apretados. Sin becas que llevarse al talento. Sin posibilidades de seguir estudiando porque los andamios se hundieron con la crisis y los padres albañiles se habían venido abajo.

Por una calle cualquiera un oleaje asqueado. Los que con cuarenta años son viejos para trabajar y jóvenes para ser arrojados de sus casas, atados por el cuello por una hipoteca vitalicia. Un oleaje de parados. Millones. Con la desesperación en los ojos, en las manos. Con el hambre de sus hijos crucificando los estómagos. Con el amor de pareja amargado porque la desesperanza se nutre con caricias olvidadas, con besos archivados, con piernas herméticas para el amor de cada noche.

Por una calle cualquiera un puñado de viejos. Ya no son jubilados, ya no son los alegres. Los han degradado a la categoría de viejos. Empotrados en la duda entre comprar comida o copagar el tavanic para la neumonía. Que dice el médico que es necesario el antibiótico porque la tos, porque la expectoración, porque la asfixia… ¿Pero no será también necesaria la tortilla francesa?  Y los nietos y el yerno y la hija en paro que ahora viven con ellos. ¿Qué hacen esos viejos con las bocas jóvenes que tienen nuevamente  a su cargo?

Por una calle cualquiera los que exigen que les devuelvan la dignidad. Porque los sanitarios, los estudiantes, los parados, los viejos, los dependientes, no sólo se han quedado sin las coordenadas que constituyen la vida. Es que además les han robado la dignidad, arrancada de cuajo como una piel, porque sin dignidad todos se someten más fácilmente. El estudiante renuncia al futuro. El parado sucumbe al chantaje de la propuesta de trabajo a ocho euros la hora porque más cornás da el hambre. Y los viejos tienen miedo a que le disminuyan los euros de la pensión porque va a faltar el caldo caliente para todos. Sí. Les han quitado la dignidad.

Y eso amantes de la vida exigen que no se prodiguen más “asesinatos” aunque no les importa que la vida de estudiantes, dependientes, parados, enfermos, viejos, desahuciados carezcan de ella. Les obsesiona, como a Gallardón, los no nacidos, pero olvidan a los que exigen seguir viviendo y que sólo piden un trabajo, una medicación, la posibilidad de un futuro, la alegría de ser viejo, la dignidad de vivir.


Uno se echa a andar por una calle cualquiera. Proclama su amor a la vida. Y siente ganas de llorar o de romper cristales o de besar o de pegar. Porque uno está vivo, aunque no le importe a nadie.

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