lunes, 9 de junio de 2014

ALGUIEN SE VIENE AL FUTURO



Parece que España empieza el 1.978. Ultimamente ha habido acontecimientos que uno pensaba ingenuamente que podían enfilar la historia hacia un mañana. Incluso la ciudadanía da muestras que estar empeñada en avanzar hacia coordenadas distintas en la construcción del país.

El 15-M fue un grito que nos llegaba desde el mañana. La ciudadanía intuía que había otras formas de hacer política. Que ya era hora de arrinconar la pasividad y de exigir una voz activa que fuera escuchada sin esos encubridores que sólo admiten la iniciativa política para aquellos que han sido elegidos y que proclaman que hay que esperar a unas nuevas elecciones para que el ciudadano tenga derecho a la palabra, como si la palabra le hubiera sido arrancada por la propia democracia como le es arrancada por una dictadura.  Y mientras tanto, la responsabilidad democrática queda arrinconada hasta que nuevamente se instalen las urnas. La responsabilidad se reduce así a un voto emitido cada cuatro años, desentendiéndose de la tarea cotidiana que conlleva vivir en democracia. Hay mucho contertulio barato en televisiones y radios que conceden el derecho a las exigencias ciudadanas sólo si se ganan unas elecciones o si se aprovecha la oportunidad del voto cada vez que se abren las urnas.  Mientras tanto no hay derecho a reclamar nada ni a exigir cambios en las directrices de un gobierno. Es un mantra que repite continuamente la derecha,  que encubre un hermetismo mental y un miedo a la palabra como matriz fecunda de la historia. El poder lo ostentan legítimamente los gobernantes, pero la democracia real reside en el pueblo. Insultan y descalifican a todo aquel que se manifiesta en la calle como si la calle no fuera el cauce por donde cuaja la tarea comunitaria de construir país. Entre votación y votación, algunos instalan un vacío. El él puede ahogarse la sociedad porque la papeleta es un cheque en blanco sin posibilidad de ser revocada.

Con respecto a los últimos acontecimientos (abdicación, llegada a la jefatura del estado de un nuevo Borbón) algunos se remontan a un pasado lejano, muy lejano. Concretamente a 1.978. Y todo lo que allí sucedió se ha sacralizado hasta tal punto que se pretende compatibilizar la finitud de la decisión temporal con una sacralidad eterna. La Corona, el consenso, la Constitución se instalan en la actualidad como si el tiempo y sus acontecimientos fueran transportables. Todos admiten la posibilidad del cambio pero todos imposibilitan simultáneamente ese cambio. Una contradicción insoportable  desde la esencia temporal de lo humano.

Todos conocemos las coordenadas que condicionaron la asunción de la Corona incluyendo la generosidad de sus contrarios. Y se acepta el sacrificio ideológico de muchos que tuvieron que aparcar su visión de la sociedad para sacar adelante una Constitución consensuada. Desaparecido tanto condicionamiento, es lógico que nos planteemos una “refundación” de la democracia. Y aquí surge la extrañeza que muestran muchos de aquellos que durante treinta y tantos años han hecho ostentación de su generosidad al renunciar a sus principios en aras de una democracia. Son los mismos que hoy se niegan a inaugurar nuevos derroteros aferrándose, por pura cobardía, a aquella renuncia exigida por las circunstancias. El Partido Socialista se niega a tantear nuevos derroteros argumentando que quieren seguir siendo leales a la actitud tomada en 1.978. Proclaman su republicanismo cardíaco, pero se niegan a poner en marcha ese latido republicano que ha informado su historia. ¿Lealtad? Si hasta en el matrimonio se rompe el amor “de tanto usarlo” resulta incomprensible esa adhesión inquebrantable a una situación que hizo que la democracia naciera con malformaciones franquistas. No tiene sentido la negativa a la curación que permite el condicionamiento actual y de cara al futuro.

No sé si es el momento oportuno para un cambio de la Constitución o de la forma de Estado. Lo que nunca debería dañar a una y otro es la palabra del pueblo, la consulta, la pregunta para que se pronuncie, porque la palabra en democracia nunca es perjudicial sino su forma más genuina de irse haciendo en el tiempo.

El ser humano no es un dato. Nunca debe cosificarse. Lo humano no es, sino que siempre está provisionalmente siendo, abierto a la consecución de sí mismo. Lo humano es siempre lo que está por ser. La definitividad no se compadece con la provisionalidad que dimana de nuestro ser en el tiempo. La definitividad implica la muerte, dejar de ser, dejar de estar vivos. La muerte es la postura definitiva de quien ya no se enfrenta a su propio devenir.


¿Por qué algunos están empeñados en cosificar la historia?  ¿Por qué pretenden hacer del pasado un dato arqueológico?  ¿Por qué esa negación del dinamismo de la historia?  ¿Por qué esa sacralización del ayer con el consiguiente desprecio al hoy?  ¿Alguien se viene al futuro?

1 comentario:

pcjamilena dijo...

Aunque poco futuro tengo ¡Allá voy! Que artículo más acertado, qué ganas, al terminar de leerlo me quedan de volver a pasar la vista por él.
Un abrazo Rafael.