martes, 15 de abril de 2014

LOS MALDITOS


España tiene sobre sí el peso de una maldición reciente. Allá por el 36 fue la República, el comunismo, la proliferación de partidos políticos, la enseñanza pública que se atrevía a hablarle a los niños de genitales inmundos y proclamar que la mujer es un valor en sí misma. Y ante tal degradación, surgió el salvador de la patria. Disparó cañones y mitras, pisoteó la piel de toro con botas y báculos y terminó con el comunismo, enseñó a los niños que masturbarse conllevaba la ceguera y puso a la mujer atada a la pata de la cama para disfrute exclusivo del macho Queipo de Llano. El pueblo que había votado a los gobernantes que permitían y alentaban semejantes enseñanzas y vivencias era perdidamente perverso y había que aniquilarlo. Franco empuñó la pluma de firmar sentencias y las tapias de nuestros cementerios se poblaron de cadáveres bendecidos por la cruz sagrada de un dios de derechas. Algo habrían hecho aquellos fusilados al amanecer.

No sé por qué he pensado que hoy se está repitiendo la historia. De aquellas alpargatas, de aquellas pelotas de trapo, de aquel chocolate de tierra, de aquellas telefonistas de pueblo, hemos pasado al mocasín elegante, a los fichajes multimillonarios, a las redes sociales donde es posible besarse en Skype. Pero parece que los ciudadanos hemos regresado a la categoría de súbditos y que nuevamente hemos perpetrado la maldad cruel propia de nuestra estirpe. Los que protestan son radicales de izquierda, filo terroristas, nazis, antisistema irredentos con instintos destructivos, orgullosos de ver cómo hacemos pedazos la democracia. Exigimos una sanidad, una enseñanza, una ayuda a dependientes, una jubilación digna, un techo. Y lo peor es que creemos que tenemos derecho a estas exigencias. Y ahí está nuestra maldad.

No hace mucho nos dedicamos a comprar una pisito de sesenta metros cuadrados, un baño, una televisión de plasma y un móvil para decirle a ella que la quería a media mañana desde el andamio o la oficina. Quisimos que nuestros hijos no pasaran hambre y que fueran “leídos” en la universidad. Quisimos disfrutar de Benidorm quince días con una cerveza en la terraza y cuatro colchones en los pasillos del apartamento alquilado entre cuatro familias. Compramos un utilitario para ir al campo los domingos, tortilla y tinto y mucha alegría en los labios.

Y alguien vino hasta el piso de sesenta metros, hasta Benidorm, hasta el utilitario, hasta la tortilla, hasta el cáncer, hasta la universidad, hasta la vejez y nos dijo que eso era destruir el país. Que quién nos había dicho que el estado de medio bienestar era un derecho. Que estábamos viviendo por encima de nuestras posibilidades. Todas esas circunstancias, todos esos derechos, esas prerrogativas estaban tirando abajo al país y los culpables de este hundimiento eran los derechos adquiridos a base de lucha, el pisito, Benidorm y la caña dominguera con su pincho de tortilla. Y aquí estamos, en penitencia, cumpliendo las consecuencias de nuestro mal vivir, de nuestra creencia en que podíamos enfermar y esperar que nos curen, trabajar y alimentar a la chavalería con el sueldo merecido, el ser jubilado por encima de ser viejo, el empuje de la silla de ruedas para tomar el sol en una primavera regalada.

Pero hay que cambiar esa visión. Lo derechos se nos habían subido a la cabeza y ahora hay que bajarlos de forma brusca, dejando atrás jirones de piel, abriendo en canal el alma, para que regrese a la miseria donde siempre debieron vivir los pobres, los que se habían empañado en pagar una hipoteca de por vida a cambio de una mantelería bancaria, los que pretenden que tener una leucoplasia en cuerdas bucales sea cargado a una sanidad que paga con sus impuestos pero que además hay que copagar llegado el momento, los que creyeron que el trabajo es un derecho y no un regalo empresarial. Todo esto ha conseguido hacer del país una maldición de la que sólo los pobres son responsables. Y en justicia deben ser los pobres quienes paguen por esa maldición.

La banca debe ser rescatada. Si se muere una mujer en el parto no importa, pero que se hunda la banca estaría mal visto. Sería como andar desnudos por las alfombras lujosas del F.M.I. Millones y millones han ido a las cajas fuertes de los bancos. Ellos tienen que hacer frente a jubilaciones millonarias de sus directivos, a dietas de consejeros, a préstamos a bajo interés a las grandes constructoras, a coches blindados, a los Blesa, los Díaz Ferrán, así, en plural porque son legión, porque las contabilidades en negro tienen que surtirse de favores concedidos y recompensados, porque el dinero regalado a los partidos políticos son inversiones hechas con visión de futuro.

Y todo se ha vuelto provisional. El trabajo, el despido, el desahucio, la enfermedad, la vejez. Nada es definitivo. Todo es precario como la vida, como el amor, como la primavera. Los fusilados siempre eran seres sospechosos: algo habrán hecho. Algo han hecho los pobres para que la vida los obligue a ser pobres para siempre


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