martes, 4 de febrero de 2014

MAÑANA SERAS VIEJO



Los relojes llevan apretada la prisa entre sus manecillas. Un día miras la hora y ya no hay hora. Decrepitud, sólo decrepitud. Papel de estraza el ser humano para que alguien lo estruje y dude dónde tirarlo porque ya ni siquiera es reciclable. Se ha caído la vida a trozos, se ha deshuesado el tiempo y a uno le chorrea la nada por todos los orificios que en su tiempo fueron fuente de entrega amorosa. Ya serás viejo.

Hubo un tiempo en que se les llamaba jubilados, es decir, alegres, seres empapados del gozo de tener un ayer y disfrutar de la plenitud de un futuro. Porque el ser humano no se termina nunca. Sólo cuando renuncia a su quehacer en la historia. Y entonces no se muere, sino que se suicida. Se enfrenta a su negación de seguir haciendo camino y se le troncha la vida entre las manos.

Aquí y ahora eres todo juventud. Músculo de lucha. Ternura de cariño. Sudor y energía para enfrentar unos labios, unas ingles y vivir la dulzura de la piel acercada hasta hacerla cosecha de caricias.

En el ayer, los jóvenes sostenían el mundo. Aportaban su energía en la construcción activa del quehacer comunitario. Colaboraban en la creación de la pequeña comunidad familiar y de la comunidad grande de la sociedad.

Pero empezó a crecer el eufemismo y le llamaron crisis porque al oído le dolía eso de estafa. La habían diagramado unos cuantos para crecer pisando las espaldas de la mayoría. Y entre caviar y langosta encontraron el sustantivo más adecuado para disfrazar el egoísmo infinito de sus sillones giratorios. Crisis. Los bancos pintaron de negro sus fachadas para inspirar una visión de ruina. Si ellos no volvían al rosa de la usura todo sería sombra. Y pidieron auxilio con la desfachatez farisaica de quien juega a un carnaval macabro. Había que ayudarlos. Y sin quitarles la máscara fuimos aportando oxígeno para ese enfisema ficticio que amenazaba con la muerte universal. Y entonces el bisturí se puso en marcha. Había que destruir lo conseguido. La sanidad, la dependencia, la enseñanza, las pensiones, los puestos de trabajo, las hipotecas que desahucian, la justicia, el estado de bienestar. Se obligó al canceroso a tener que elegir entre la medicación o el ataúd. Al jubilado se le degradó a la categoría de viejo y se le obligó a dar de comer a los seis de familia de hija y yerno con cuatrocientos euros de sopa. Y los niños dormían el hambre con nanas de Miguel Hernández.

Y tú te viste en la cola del paro. Un día y otro día, como si hubieras nacido en el hospicio del INEM. Y te llenaste de angustia, de fracaso, de asco. Y hasta te recortaron tu rebeldía llamándote terrorista cuando quisiste romper el engaño y exigiste que te dijeran la verdad. Y eras responsable de la desnutrición de tus hijos tal y como te culpó Rafael Hernando. Y el reloj seguía apretando sus manecillas hasta ahogarte el presente y encontrarte de repente con que eres ya viejo si poder aspirar a ser jubilado.

Y creíste que por fin tendrías derecho a un trozo de pan ganado con el sudor de tu pasado. Pero alguien te dijo que tú no tenías pasado, que habías sido siempre un parado porque aquella estafa llamada crisis te descolgó del trabajo y de la cotización que ahora te daría derechos. Y nadie te iba a regalar  lo que te habías negado a aportar. Porque hasta esa desfachatez habían llegado tus gobiernos, hasta culparte de ser un parado. Los parados tienen que ir a trabajar aunque sea a Laponia. Los parados son sanguijuelas que chupan el dinero de los demás contribuyentes, que ejercen chapuzas en dinero negro. Y Soraya, ¿te acuerdas de Soraya, la vicepresidenta? contrató a una empresa que detectara si habías arreglado un grifo y no lo habías declarado a Montoro. Y Fátima, la rociera, decía que se había creado empleo y que había muchos que optaban por las ayudas porque así estaban todo el día en la barra del bar.

Ya eres viejo. Ya sois una multitud de viejos, una cosecha malograda de viejos. Inútiles, enfermos, no productivos. Lo había calculado Ana Mato  y no había fallado. Las calles estaban llenas de viejos. Los cajeros, los puentes, las casas deshabitadas, las aceras. Viejos por todas partes. Muertes deshidratadas, venas cristalizadas, piel de decepción existencial, angustia de abandono.


Ya has llegado a viejo. Estrangulado el ayer. Sin mañana. Sin presente, sin hoy. A lo mejor no existes.

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