lunes, 3 de junio de 2013

LA MALETA DE CARTON


Lo ha dicho González Pons: Trabajar en Berlín es como trabajar en España porque Europa es la patria común. Pons construye frases ingeniosas hasta para pedir filetes en el supermercado. Pero el ingenio no pasa a veces de ser una estupidez elegante.

A uno ya le corre vinilo por la venas y vivió el entonces cuando todo era entonces. Ayer tal vez. Tal vez antes de ayer. Apostado Franco en el Pardo y España en el punto de mira. España con los ojos vendados y un cigarrillo de orgullo dispuesta a ser fusilada al amanecer.

Entonces Alemania, Bélgica, Holanda no eran patria. Eran sólo exilio, expatriación, destierro, emigración. No estaba González Pons para hacerle frases al caudillo porque el caudillo prefería las balas a las palabras.

Llevaban las lágrimas en una maleta de cartón. Se dejaban atrás los besos, las noches de orgasmos sobre colchones de hojas de maíz, la camisa limpia de los sábados y la misa de siete para que tuviera constancia el señorito de que la azada estaba bendecida por Dios Nuestro Señor. Cambiaban los niños cromos de Gento por canicas de cristal y las niñas saltaban a la comba sujetando la faldita para no propiciar erecciones cómplices.

Los españoles emigran por impulsos aventureros, dice la secretaria de estado de no sé qué…Y contradice a la ministra de trabajo para quien el término emigración es sinónimo de blasfemia que nada tiene que ver con su virgen rociera que ayuda a que España vaya bien como si la Blanca Paloma fuera un Aznar cualquiera. Se nos van los jóvenes, los investigadores, los médicos, el personal docente, sanitario, los licenciados. Huyendo del hastío, de la desesperanza, del hoy derrumbado sin mañana, del mañana sin nunca, del porvenir sin futuro. Buscando dignidad porque la miseria, como antiguamente Africa, comienza en los Pirineos. Porque vivimos aplastados por un país convertido en escombros. Porque no se sostiene el derecho al trabajo, ni a la enseñanza, ni a la sanidad, ni a las pensiones, ni a la dependencia. Porque se nos han venido encima todos los ladrillos, todas las vigas, todos los dinteles que apuntalaban la decencia, el quehacer honrado. Hay que trabajar más y ganar menos (Díaz Ferrán). Hay que imitar a los chinos que trabajan horas y horas sin descanso (Presidente de Mercadona). Hay que trabajar por debajo del salario mínimo interprofesional (Banco de España). Hay que aceptar los minijobs porque más cornás da el hambre (Rossell) Hay que disfrutar de la movilidad exterior (Fátima Báñez) Hay que formar para competir (Wert). No es tolerable que un enfermo crónico viva siempre a costa del dinero público (Viceconsejera de sanidad de Madrid) Hay que privatizar los hospitales porque ahí hay negocio seguro (Güemes). Hay que entregar a los empresarios la enfermedad porque ellos rentabilizarán el dolor (Lasquetty).

Un día quemamos las maletas de cartón. Enterramos la boina y la pelliza. Olvidamos liar el cigarrillo. Ahora tenemos el portátil, un móvil para besar en la distancia, cigarrillos con filtro. Hemos leído a Engels y  Sartre. Pero nos obligan a permanecer de rodillas prometiéndole a Merkel no volver a vivir por encima de nuestras posibilidades, a dejarnos esclavizar por los mercados, por la prima de riesgo, a venerar a la troika, a acostarnos con la deuda externa, a amar el déficit sobre todas las cosas, a tatuarnos el becerro femoral adentro, a besar los pies el FMI, del Banco Central Europeo, a idolatrar un terrorismo económico traje chaqueta y chanel.

Europa es el mercado donde se venden pobres al por mayor. Se les ha expropiado la dignidad, se les ha desahuciado de humanidad y, muertos y destripados, se exponen en el escaparate de un infame mercadillo. Y pasan los grandes, látigo en mano, blandiendo el miedo ante los estómagos vacíos, huecos como orfanatos del hambre, de la angustia, del sinsentido vital. Y se subasta la angustia, a tanto cuarto y mitad. Y se elige al más barato como a una puta barata porque sólo se la quiere para una felación del orgullo.

Otra vez estamos fusilados. Un cigarrillo entre los labios, un tiro de gracia en el costado y una mueca que irrita al pelotón de los que creen que los pobres no tienen una revolución entre los ojos.


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