sábado, 25 de agosto de 2012


LA SONRISA DE LA VIRGEN




La sonrisa es el escalofrío venial de la ternura. El alma se apoya en los labios para saludar al mundo y el mundo lanza un brindis al tendido de la alegría. La sonrisa es el primer beso de  complicidad entre dos cuerpos que se desean, entre dos caricias que se funden, entre dos ríos con vocación de mar.

No me seduce la carcajada. Es como un terremoto interior que alborota la sangre, que disloca el corazón, que desordena la arboleda de las venas. Prefiero entre las manos la sonrisa temblorosa como un recién nacido.

La ministra Fátima Báñez no sonríe nunca. Es nuestra señora de la carcajada. Crujiente su carcajada cuando anuncia una reforma laboral para crear empleo y resulta que fabrica parados. Cuando Arenas pierde las elecciones andaluzas y ella zapatea una carcajada con tacones de aguja. Los trabajadores pueden ser tratados con la dureza de quien golpea una pelota de golf, se les puede despedir porque el empresario adivina los beneficios del futuro pero los convierte en pérdidas, porque sobran los jueces para dictaminar derecho en mano, porque los ERES son una cifra romántica, porque Laponia es un nuevo polígono industrial con piscina, campo de tiro y tenis-pantalón-camisa-lacoste, porque cuatrocientos euros son demasiado lujo y no es bueno ver a un parado en una boutique calvin klein, porque ella sabe que muchos no buscan trabajo porque algunos  emplean los cuatrocientos euros en chalets de La Moraleja, porque muchos tienen padres con pensiones de quinientos cincuenta euros que dan para jamón varias jotas para el hijo, la nuera y el bebé mal acostumbrado a varios biberones diarios. Fátima es austera en todo menos en la carcajada. España es para ella una carcajada soleada de turistas a los que el ministro Soria atrae porque sabe que en el Caribe las playas son propiedad privada de los mosquitos. Se carcajea cuando la niña Fabra aspira a que se jodan los que sufren los recortes y sobre todo si son parados. Los diputados aplauden a Rajoy cuando hace reformas que algunos malintencionados llaman recortes, la niña Fabra blasfema y a Fátima se le vuelve borbotones el alma y se le hace  faralaes la cintura.

Fátima estuvo en el Rocío. Saltó la verja tal vez. De incógnito y sin escolta, olvidado el twiter para que jueguen sus hijos mientras los socialistas la calumnian y empata con Monago-presidente-pata-negra-extremeño. No sé si a caballo, amazona con zajones y sombrero de ala ancha. Pero estuvo y se lo dijo de virgen a virgen-rocío-cova-de-iria: España va bien, que ya lo confirmó Aznar en otro tiempo. España saldrá mañana de la crisis, pasado mañana lo más tarde. Y bajarán los impuestos, bajará el IVA, subirán las pensiones para que los viejos bailen en Ibiza y se fumen un porro a la salud de los bancos y banqueros, y no habrá parados y la sanidad se habrá olvidado de Ana Mato y el cáncer será una flor entre los pechos hermosos de la giralda.

Y al Rocío “chico” se fue Rajoy y descubrió que tenemos alma. Todos tenemos alma, hasta los parados, auque algunos la cambiaron por un bollo con aceite o manteca colorá. Y Rajoy se puso metafísico y descubrió lo bonito que es ocuparse del alma despreciando la langosta en la que tanto piensan los pobres. Merkel, Rato, De Guindos, Montoro están obsesionados con el PIB, la prima de riesgo, la agencias y por eso se quedan sin tocar lo bonito de la existencia.

Rajoy volvió a su monasterio de La Moncloa, guardó sus manos en la anchura de sus mangas trapenses y se enfundó en el silencio gregoriano bajo la cúpula sixtina de su mayoría absoluta.

Fátima apostató de la sonrisa y se subió a la noria gigante de la carcajada antimariana. La sonrisa de la Virgen se olvidó más allás de la verja rociera.


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