viernes, 19 de diciembre de 2008

PALABRA TRAICIONADA

Lo escribí hace muy poco: durante la dictadura tuvimos que exigir la palabra como un derecho. En democracia, debemos defender el derecho de la palabra. Porque la palabra es entrega, donación, acto amoroso ante el oyente. Usarla en vano es desestructurar la democracia, estrellarla contra tanto esfuerzo soportado, deshuesarla para que pierda consistencia y estatura.

Y en esta labor de lesa democracia andan empeñados ciertos “demócratas de toda la vida”, que se ofenden hasta la excitación cuando se pone en duda su amor a la libertad, o alguien insinúa que añoran tiempos viejos.

¿Puede honestamente Esperanza Aguirre “sospechar” que el Presidente Zapatero anda tramando una negociación con ETA y decir al día siguiente que no puede dudar de la palabra del Gobierno?

¿Puede Isabel San Sebastián con un mínimo de decencia afirmar que Zapatero distingue “entre terroristas y terroristas pero menos” y lo hace “por afán de dejar alguna puerta abierta a otro posible proceso, rascando al mismo tiempo sufragios de los partidarios de la solución negociada en las urnas vascas”? ¿Puede asegurar sin sonrojarse que “el terrorismo es una baza política que maneja Zapatero de acuerdo con sus conveniencias y al margen de los principios, como una estrategia más de las muchas que ha puesto en marcha a fin de llegar y permanecer en el poder”?

¿Puede Miguel Angel Rodríguez proclamar que tenemos un régimen nacionalsocialista sin que nadie lo expulse de la tertulia en que participa? ¿Alguien le puede explicar a este pordiosero del plasma que tiene derecho a hablar precisamente porque no vivimos bajo los dictados de Hitler? A veces aflora la nostalgia excitante, absorbente de pasado y el ayer ejerce su tracción.

Esta prevaricación, ejercida desde el más absoluto estrabismo político, llega a conformar el criterio definitivo de quienes no han sabido, seguramente porque no han querido, ver la realidad política tal cual es. Se acostumbra a la deformación hasta el punto de vivir en una perpetua mitomanía. Se llega a digerir la propia mentira y a degustarla como una dieta de equilibrio emocional. La falsificación también crea hábito y postura vital.

La democracia es un sistema político asentado en la responsabilidad. La acción de un gobierno es responsabilidad. La discrepancia también. La falsificación consciente es pura prevaricación. Y la prevaricación es lisa y llanamente destrucción.

Si el terrorismo acaba algún día, tengo la impresión de que muchos tertulianos, articulistas, analistas y políticos se verán sometidos a un expediente de regulación de empleo, dependiendo del nefasto instituto de la añoranza, de la tristeza íntima, subyugados por la piel de la nostalgia.

Costó mucho llegar a donde estamos. La democracia, como todo lo humano, se inventa cada amanecer. A quien le moleste el sol, que no intente taparlo. Que se quede para siempre en el vientre caliente del pasado.



No hay comentarios: